Tomás Saraceno, Formación de galaxias a lo largo de filamentos, como gotas de agua por las hebras de una telaraña, 2008. Fotografía: © Andrea Rossetti

Definir el arte participativo no es fácil, sus acepciones son múltiples y su transformación y entendimiento han estado sujetos al propio curso de las historia del arte, al menos desde mediados del siglo XX. Exploramos brevemente qué es el arte participativo y cómo se distingue del arte interactivo.

Si bien el arte participativo ha tenido una atención particular en las últimas tres décadas, las propuestas performáticas del Dadá y las derivas de la Internacional Situacionista representan un antecedente fundamental para comprender el interés por involucrar activamente al espectador en el ejercicio creativo. En algún momento, Marcel Duchamp escribió que «En definitiva, el acto creativo no lo realiza solo el artista; el espectador pone la obra en contacto con el mundo exterior descifrando e interpretando sus cualidades internas y, así, suma su aporte al acto creativo”.

Espectadores frente a Night Watch de Rembrandt en el

Espectadores frente a Night Watch de Rembrandt en el Rijksmuseum de Ámsterdam

La base de este pensamiento consistió en contraponerse a la convención histórica del espectador como un agente pasivo que contempla una obra de arte que es el resultado, única y exclusivamente, de la mano creadora del artista. Duchamp, desde luego, notó la importancia que tiene quién mira la obra de arte para que esta adquiera sentido y, mejor aún, exista como arte.

De esta manera, hacia mediados y finales de la década de 1950, diversos artistas comenzaron a realizar acciones, performances y happenings que perseguían y llevaban a la máxima expresión la premisa de Duchamp, involucrando a los espectadores a ser partícipes directos de la experiencia estética de la pieza. Uno de los grandes precursores del happening, Allan Kaprow, anunció incluso que el arte se estaba acercando «a una vida frágil pero maravillosa, que se mantiene a sí misma por un mero hilo, fundiéndose en una configuración esquiva y cambiante: el entorno, el artista, su obra y todo aquel que se acerca a ella».

Allan Kaprow, Yard, 1961.

Allan Kaprow, Yard, 1961.

La participación en el arte, así, se vinculó estrechamente con la acción de hacer parte al espectador de la obra de forma física, provocando encuentros sensoriales y detonando la expresión creativa de los participantes a tal grado, incluso, de manipular la obra. El diccionario de términos de la Tate, incluso, define el arte participativo en este sentido:

«El arte participativo es un término que describe una forma de arte que involucra directamente a la audiencia en el proceso creativo de tal forma que se convierten en participantes de un evento».

El MoMa, por su parte, lo define como:

«Los artistas interactúan y colaboran con las audiencias de diferentes maneras. Al abrir sus procesos de creación a otros, ceden una medida de control sobre su trabajo y se entregan al azar y a la confianza en el espectador convertido en participante. Y la obra de arte, a su  vez, se convierte en un intercambio de dos vías.»

Términos como «interacción» y «colaboración» hicieron efecto en las prácticas artísticas a tal grado que, a mediados de la década de 1990, diversos artistas contemporáneos se involucraron con el arte participativo a través de proyectos que exigían la interacción del público para activar una obra o una experiencia artística.

Roman Ondák, Measuring the Universe, 2009. Instalación en el MoMA de Nueva York

Roman Ondák, Measuring the Universe, 2009. Instalación en el MoMA de Nueva York

Asimismo, en contraposición con aquellas piezas que requerían una acción específica por parte de los visitante de una pieza, existió otra vertiente de creadores interesados en hacer del arte participativo una forma de proporcionar los medios y las herramientas a la gente para ser parte de una obra y generar una diferencia. Este es el caso de prácticas que datan incluso de la década de los 60, principalmente en geografías como América Latina, donde había un interés no solo la interacción, sino en detonar encuentros de pensamientos, sentires y saberes como parte de procesos que incidían directamente en una dinámica social o cultural.

En este contexto, el arte participativo se distancia totalmente de aquél llamado como arte interactivo. De acuerdo con la Tate:

«El arte interactivo surgió a finales de la década de 1950 en paralelo con los deseos de los artistas de encontrar entornos menos alienantes y exclusivos en los que mostrar su arte. A medida que la calle, el almacén o la tienda de enfrente se convirtieron en su lugar elegido, el arte también se volvió más participativo e inclusivo».

 

A pesar de las semejanzas entre el arte participativo y el arte interactivo, existe una diferencia fundamental tanto en sus procesos como en su práctica: mientras que el arte participativo es concebido para crear arte «con» los otros, el arte interactivo entiende la participación como la acción de los individuos para hacer funcionar la obra: tocar, prender, activar, apagar, montar, subir, etc.

Carsten Höller, Mirror Carousel, 2005

Carsten Höller, Mirror Carousel, 2005

 

Finalmente, siguiendo la definición de Michael Kelly, editor de la Encyclopedia Of Aesthtetic:

«El arte participativo es creado a través de la participación de otras personas además del artista o colectivo de arte. En el arte participativo, las personas a las que se hace referencia son los ciudadanos, personas normales, miembros de una comunidad o personas que no son artistas y que interactúa con artistas profesionales para crear las obras».

Aunque la palabra «interacción» continúa presente en la definición de Kelly, de su propuesta cabe rescatar que el arte participativo puede desplegarse en tres categorías: relacional, activista y antagonista.

 

Mira: 5 obras para acercanos al arte participativo